Mujeres, Literatura y Poder

por Francisco Molina
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En enero de 2019, en Libros y Bibliotecas organizamos el Coloquio: Mujeres Literatura y Poder, al que convocamos a mujeres del mundo de la creación literaria a conversar con otras que desempeñaban un activo rol político. Todo no sólo bajo la perspectiva de dar cuenta del dominio, en buena hora, que de la agenda pública tiene la temática del feminismo; sino, también, con el ánimo de hacer conversar mundos que se comunican poco: la creación literaria y la política.

En Chile el diálogo entre política y literatura siempre fue muy fructífero, no sólo porque potenciaba la buena convivencia cívica, sino porque le imprimía a la agenda política una dosis de realidad, sueños y voces nuevas por medio de la ficción o el ensayo.

En los últimos años, además, el florecimiento de múltiples opciones para editar libros, con sellos independientes o a través de las autoediciones, ha permitido que surjan nuevas voces; muchas de ellas son mujeres. Porque las mujeres están sacando la voz en todas partes y su rol social, hasta ayer subterráneo, está siendo visibilizado cada vez con más fuerza.

Reproducimos en las siguientes líneas una columna de opinión que Gloria de la Fuente, una de las participantes de ese Coloquio, que publicó en Entrepiso.cl., a partir de su intervención en esa jornada. Felices de fomentar esta discusión y, aún más, de provocar acercamientos entre la literatura y la política.

“Chile ha tenido mujeres destacadísimas en el desarrollo de la literatura, pero que pocas veces se les ha hecho justicia visibilizándolas o destacándolas como corresponde.

Como nos recuerda María Carolina Geel (1951) en su texto Siete escritoras chilenas “En mi país la labor literaria de las mujeres es de incontrovertible valor y trascendencia; sin embargo, no existe que yo sepa, un volumen que reúna sus nombres y destaque sus obras. Vacío extraño, en verdad, en una tierra que ostenta el honor de haber sido honrada, por intermedio de una hija ilustre, con el premio nobel de literatura” (Prólogo. Siete escritoras chilenas. Santiago: Rapa Nui, 1949, p. 1). En su estudio destaca las figuras de María Luisa Bombal, Amanda Labarca, Marta Brunet, entre otras.

El siglo XX nos ha regalado grandes escritoras como Pía Barros, Diamela Eltit, Ana María del Río, Marcela Serrano y la propia Isabel Allende. Una nueva camada de jóvenes escritoras también ha emergido con fuerza en los últimos años en Chile, destaco a María José Viera- Gallo, Carla Guelfenbein, Alejandra Costamagna y Lina Meruane, entre seguro muchas otras y sobre las cuales tengo todavía algunas deudas lectoras.

Pero quiero volver a una idea respecto a la literatura como un arte y como esta es reflejo de su tiempo. Creo que aquí tenemos un desafío y en esto se expresan varias claves que conectan la literatura con nosotras y el poder. Para eso quiero poner algunos datos de realidad.

Estamos todos sorprendidos con la fuerza que alcanzó el movimiento feminista en 2018. Es cierto, la manera en que se desplegó, su nivel de articulación y la innovación en la manera de manifestarse, sin duda nos sorprendió. La lógica de la toma feminista cambió también las formas patriarcales de organizar y desplegar demandas políticas y sociales.

No obstante, si vemos los datos del estudio Desiguales de PNUD, por ejemplo, que nos muestran que una las discriminaciones más relevantes percibidas en Chile es la de género y que los índices de brecha de género, en general, nos muestran que en espacios como el mundo del trabajo y en relación a las remuneraciones, las mujeres están en desventaja. A ello sumemos las cifras preocupantes de violencia de género.

Si observamos con detención estos fenómenos, no es raro que explotara una demanda importante que es, en definitiva, una demanda por la igualdad.

Por cierto, este fenómeno no es nuevo. En 1949 la propuesta de ley para el sufragio femenino es aceptada por el Congreso chileno y la mujer obtiene el voto político tras décadas marcadas por la lucha femenina en nombre del reconocimiento de sus derechos sociales, civiles y políticos. Este primer período identificado en la historia del feminismo chileno es un tiempo convulso, colmado de movilizaciones que denotan el despertar de la conciencia política de la mujer en Chile. Han pasado 70 años de ello.

Como nos recuerda Andrea Kotow (2013) en su trabajo sobre las primeras escritoras feministas en Chile “Una parte importante de las primeras feministas formalmente organizadas en el Chile de comienzos del siglo XX son escritoras. Podría especularse sobre una serie de razones que apunten a explicar esta coincidencia, siendo sin duda una de ellas las restricciones que las mujeres con intereses intelectuales experimentan en la época en cuestión”.

El punto es que en este plano tenemos un desafío. La literatura, como una expresión del arte y de su tiempo, es también un espacio de disputa de poder.

A diferencia de lo que pasaba en la primera mitad del siglo XX, lo que hoy tenemos es una ampliación de las posibilidades, de manera tal que las voces feministas en el movimiento y en la literatura no son sólo de la elite. De hecho, una de las brechas de género que efectivamente Chile ha logrado combatir a partir del avance de las políticas públicas, ha sido el ingreso a la educación. Por eso no es raro que se diversifiquen las voces de escritoras, algunas más conocidas y destacadas, pero otras tal vez más ocultas pero que tienen otra ventaja, que es la diversificación del trabajo editorial independiente.

El punto es que en este plano tenemos un desafío. La literatura, como una expresión del arte y de su tiempo, es también un espacio de disputa de poder. Como nos recuerda Chimamanda Ngozi Adichie en “El peligro de la historia única” “Poder es la capacidad no solo de contar la historia de otra persona, sino que convertirla en la historia definitiva de dicha persona” y señala también “la manera en que se cuentan, quien las cuenta, cuánto las cuenta, cuantas se cuentan…todo ello en realidad depende del poder”.

Esta reflexión es muy relevante y nos conecta con la historia, con la construcción de estereotipos, con los espacios y la perpetuidad de ciertas relaciones de poder.

Pongo un ejemplo. La historia de Chile que aprendemos en el colegio está plagada de hombres que conquistaron, batallaron, fundaron, construyeron instituciones, etc. ¿A alguien le extraña en este cuadro que reconozcamos en nuestra historia solo a los “padres de la patria”? ¿y las madres?.

A diferencia de lo que pasaba en la primera mitad del siglo XX, lo que hoy tenemos es una ampliación de las posibilidades, de manera tal que las voces feministas en el movimiento y en la literatura no son sólo de la elite.

En un muy buen y entretenido libro la talentosa María José Cumplido (Chilenas. La historia que construimos nosotras) desarrolla un recorrido por la vida y obra de mujeres extraordinarias, esenciales en nuestra historia y que, sin embargo, han quedado relegadas.

Esta invisibilidad de la mujer en el espacio público ha traído evidentemente la instalación de patrones y más dificultades para la conquista de otros derechos, cuyo reclamo parece para algunos, mera majadería. Por eso la elección de la primera mujer presidenta de Chile en 2006 parecía una rareza, pero abrió una puerta para cambiar nuestro imaginario colectivo.

Esa historia de postergación, de segundos planos es la que nos cuenta tan bien Julieta Kirkwood en “Ser política en Chile”: “Pero las mujeres sufrimos –indudablemente y en toda sociedad- un conjunto de condiciones objetivas y subjetivas de discriminación genérica que se trasluce en lo político, económico, social y cultural. Conviene entonces preguntarse si esta discriminación ha sido asumida y cómo por las mujeres en cuanto tal es; si una vez asumida se ha expresado en proposiciones y organizaciones políticas autónomas, o si lo ha hecho en partidos globales y bajo qué rasgos y condiciones. Y, finalmente, cuál ha sido la recepción social de esta problemática, vale decir, si ha sido o no incorporada al patrimonio de la contestación política.” Y agrega más adelante: “Recuperar la historia política de las mujeres en Chile, hoy, es recuperar las distintas expresiones de esa carencia para un grupo social ausente de la historia y, al mismo tiempo, es recuperar las formas y modos en que en tanto grupo ha intentado resolver dicha carencia”.

No soy alguien que trabaje especialmente el feminismo, aunque me siento absolutamente parte de una causa que no es más ni menos que la búsqueda de la igualdad de género, asumiendo que la historia ha sido contada hasta aquí sólo desde una vereda.

Termino entonces esta intervención con una cita de un gran libro de Virginie Despentes en Teoría King Kong (2018): “Si no avanzamos hacia ese lugar desconocido que es la revolución de los géneros, sabemos exactamente hacia donde regresamos. Un Estado omnipotente que nos infantiliza, que interviene en todas nuestras decisiones, por nuestro propio bien que – con la excusa de protegernos mejor- nos mantiene en la infancia, en la ignorancia y en el medio al castigo y la exclusión. El tratamiento de favor que hasta ahora estaba reservado a las mujeres, con vergüenza como punta de lanza que las mantenía en el aislamiento, la pasividad, la inmovilidad, podría ahora extenderse a todos. Comprender los mecanismos que nos han hecho inferiores y los modos a través de los cuales nos hemos convertido en nuestra mejores vigilantes, es comprender los mecanismos de control de toda la población. El capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados, como lo están todas las mujeres”.

Gran tarea tiene entonces la política y la literatura para describir, activar, denunciar y disputar el poder, contando la historia también desde nuestra vereda.

Fuente: Entrepiso.cl

 

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