Mambo: Una novela con voz de niña

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Mambo es la historia de una familia que vive en la clandestinidad durante la dictadura en Chile. Y esa historia es narrada —es descubierta— por Ana, la hija menor. Esta es una novela con voz de niña.

Ana nos cuenta cómo juega, sueña, ríe y hace travesuras. Pero gran parte de su energía se enfoca en descifrar los acertijos de los adultos. Nosotros, los lectores, sabemos que su familia vive en la clandestinidad, que todos sus integrantes tienen nombres falsos e historias inventadas. Que cuando se cambian intempestivamente de casa es porque algo o alguien los delató. Pero la narradora aún no ha descifrado ese código y, por lo mismo, se ha mezclado con su proceso de descubrimiento del mundo que la rodea.

Eso es lo fascinante de esta novela: su capacidad de insertarnos en la mente de una niña que ve el mundo con ojos de conquistadora en medio de la aventura. Los adultos ya tenemos mucha información y cansancio en la cabeza. Niños y niñas, en cambio, no ignoran las cosas: todo es descubrimiento, todo es entusiasmo, todo es juego.

Un ejemplo. En Mambo las chapas —nombres postizos— son esenciales para vivir en la clandestinidad. Cuando Ana y su hermana Julia se topan con un señor que pasea a su perro, él les pregunta cómo se llaman. La narradora nos dice:

“Julia me miró de reojo. Teníamos prohibido decir nuestros verdaderos nombres. De todos modos a mí no me gustaba mi nombre porque tenía menos vocales que Julia.

—Ella se llama Marcela y yo, Andrea —respondió Julia mirándolo fijo”.

Ahí está la voz de niña en todo su esplendor: nos dice que sabe que no puede divulgar su nombre real y que, sin embargo, no le gusta porque tiene menos vocales (¿cuándo fue la última vez que te preguntaste por el número de vocales de tu nombre?). Es un movimiento pendular constante en la novela: el juego (el riesgo) de la clandestinidad y el juego (la diversión) propia de la infancia.

No se puede dejar de mirar la portada de Mambo. La tengo aquí, a mi lado, mientras escribo. La obra de Cristóbal León y Joaquín Cociña está repleta de rostros y máscaras. Es una composición artística saturada, con destellos de horror y fantasía y juego. Es, a fin de cuentas, como la mente de Ana, lo que ve e imagina. Un excelente complemento.

 

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