El viejo Cormarc Mc Carthy

0
27

Piensa en uno de tus libros favoritos. ¿Recuerdas cuándo lo descubriste o la primera vez que alguien te lo mencionó?

El 2007 yo era un joven imberbe que oficiaba de ayudante de una cátedra de historia moderna para una licenciatura en filosofía. Si bien estudiaba periodismo, estaba coqueteando con la historia e incluso pensé en hacer carreras paralelas, pero eso es harina de otro costal.

Un día uno de los estudiantes, Max, me comentó sobre un libro que narra la historia de un padre y su hijo que recorren un Estados Unidos devastado por un desastre innominado.

Es lo mejor que he leído en la vida”, dijo Max, cuyo apellido he olvidado (perdóname, Max). “Se llama La carretera, de Cormac McCarthy. Está en la biblioteca de la U”.

Recuerdo a Max porque era mayor que el resto de sus compañeros y parecía acumular un caudal inmenso de lecturas. Siempre citaba autores y articulaba sus teorías con entusiasmo.

No sé por qué su recomendación me tocó tanto. Quizás perturbó —y despertó— la que sería una de mis obsesiones actuales: el fin del mundo. Después de hablar con Max fui a la biblioteca de la universidad, pedí el libro, lo leí y aluciné.

Cada vez que puedo saco a colación La carretera del viejo Cormac McCarthy. Sus imágenes, escenas y atmósferas me persiguen con peculiar intensidad. Es un libro que, creo, sacude muchos niveles. Algunos pasajes los leí con terror, con un miedo desesperado por lo aberrante; otros, en cambio, con cierto optimismo por una candidez o bondad difícil de entender y de encontrar.

Hay un momento al que siempre vuelvo.

El padre y el hijo despiertan por el ruido de un camión diésel que viene por la carretera, rodeado por los “hombres malos”. Ocultos, intentan alejarse hasta que se topan con uno de ellos que se desvió para orinar. El padre apunta su revólver. El siguiente es mi diálogo favorito:

“No dispararás, dijo él.

Eso es lo que crees.

No tienes más de dos balas. Quizás solo una. Y ellos escucharán el disparo.

Ellos sí. Pero tú no.

¿Cómo sabes eso?

Porque la bala viaja más rápida que el sonido. Estará en tu cerebro antes de que puedas escucharla. Para escucharla necesitarás un lóbulo frontal y cosas con nombres como colículo y giro temporal y ya no los tendrás. Serán papilla.

¿Eres médico?

No soy nada”.

Mi traducción libre no le hace justicia a la pluma del viejo Cormac, así que acá dejo el fragmento en inglés.

¿Y por qué dediqué esta columna a este autor? Por dos motivos.

El primero es porque a sus 89 años acaba de publicar dos novelas, las primeras en 16 años (la última fue, precisamente, La carretera). Se trata de The Passenger y Stella Maris, dos libros que en español serán reunidos en un único volúmen. Este artículo de Ron Charles cuenta más sobre de qué van.

Y el segundo motivo es mi transformación como lector. Cuando leí La carretera el 2007 me identifiqué más con el hijo: su miedo primigenio, su dulzura, su emoción y extrañeza al probar esa primera Coca Cola perdida en el fondo de una máquina. Ahora que volví a hojear el libro, quince años después, ya no soy un joven imberbe y me centré en el padre y su determinación, su esperanza, su sensibilidad.

Qué bello y aterrador libro es La carretera.

Eso es todo, cierre de transmisiones.

 

PARA ACCEDER AL BOLETĪN HIPERGRAFÍA

PINCHA AQUÍ

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí