“El sur” de Daniel Villalobos: …. el karma de vivir al sur

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Leer es, creo, vencer a los propios prejuicios. Alguna vez a un muy buen amigo le dije que no me interesaba leer autoficción. Que, en mi recelo, el género era innecesario, nada se podía sacar de ahí y era un ejercicio de ego redundante. Él, impactado por mis palabras, me recomendó leer “El sur”, libro de Daniel Villalobos. Poco le faltó para decirme “¡lea esa vaina, carajo, para que aprenda!” como hizo Álvaro Mutis al lanzarle una copia de “Pedro Páramo” a un tal Gabriel García Márquez. Y debió hacerlo.

“El sur” (Laurel, 2014) es un libro de relatos que, en términos narrativos, no tienen mayor conexión. Su hilo conductor está en su narrador, el mismo Daniel Villalobos, que a través de su memoria de personajes, olores, fríos y dolores recorre su infancia y adolescencia viviendo en Temuco, Huiscapi, Puerto Saavedra y otras ciudades y localidades del sur chileno. Ahí, Villalobos narra con singular tacto, sensibilidad y hasta humor los momentos capitales que lo formaron como hombre y que lo amarraron inexorablemente al territorio de la infancia, pese a la memoria que cada vez es más frágil y fragmentada.

Cada capítulo (que puede leerse por sí solo como parte del texto total) es parte de un aspecto fundamental en la memoria y en la formación del autor. Sus peripecias en el Liceo de Hombres Pablo Neruda y los códigos de convivencia del internado, su relación con el humor (irónico, a veces cáustico), sus visitas a bibliotecas públicas y personales, su pasión por el cine compartida con un profesor capital en su formación, la banda sonora de su infancia compuesta de lo más selecto de la música cebolla y otros aspectos pasan por las páginas que se leen con concentrada atención y, sin embargo, sin una pizca de aburrimiento. La pluma de Villalobos es hábil en relatar los distintos episodios con claridad, consistencia y un estilo que navega con comodidad entre la nostalgia, el dolor y hasta el humor. No son pocos los párrafos que terminé con los ojos húmedos o, cuando venía el caso, con una risa sonora.

Sin embargo, los capítulos que más ruido me hicieron fueron el primero, “El sur en mi cabeza”, y el último, “El sur y el olvido”. No son los más largos ni los mejores del compendio (“El sur y la pobreza” y “El sur y el internado” me parecieron fascinantes), pero creo que son los que mejor resumen el espíritu del libro: el Sur de Villalobos (léase el libro y el lugar) no es un terreno mágico de personajes legendarios o sucesos incomprensibles. No es tampoco el bosque idílico de las postales turísticas. Es, ante todo, un territorio tan inescapable como inasible. Un mundo que busca superarse y que, irónicamente, jamás podrá serlo. En palabras del autor, “Yo iba a ser una persona y ahora soy otra. Escribí estos recuerdos para entender ese cambio y no me sirvieron. Lo único que me queda es que alguna vez viví en el sur y fue magnífico y terrible y no lo cambiaría por nada”.

Y es lo que podría decir de este libro: es magnífico y terrible, tanto como la experiencia de haberlo leído y comprobar, como dijo mi amigo, que me había equivocado. Espero encontrarme pronto con nuevos errores.

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