El libro más pequeño del mundo

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Hay un libro en mi biblioteca que ha resistido el paso del tiempo. Se trata del Diccionario Lilliput Langenscheidt. Español-inglés.

Rara vez me detengo a pensar en ese nombre. Nunca lo memoricé. Esa palabra en alemán genera un cortocircuito. Pero tengo un atajo: en la interna —yo y mi cabeza— lo suelo llamar “el libro más pequeño del mundo”.

Ha estado conmigo tanto tiempo que ya se fusionó con mi paisaje bibliográfico. Pero a diferencia de gran parte de mi biblioteca, este diccionario Lilliput es una herencia familiar. Desconozco su origen, supongo que mi padre lo compró. ¿Cuándo? Ni idea, quizás en la década del 70 u 80.

A veces pienso en ese libro pequeño como un primo hermano de esas botellitas mini de Coca Cola, Fanta y Sprite. Pero esas botellitas seguramente estaban llenas de un líquido putrefacto, mientras que el diccionario Lilliput tenía —tiene— más de 500 páginas de información.

En mi casa de infancia el Diccionario Lilliput siempre ocupó una posición secundaria. Mientras libros, enciclopedias y otros diccionarios tenían un espacio asignado, el libro más pequeño del mundo siempre estaba en tránsito, buscando su lugar, incomodando: arriba del diccionario de la RAE, acostado sobre un par de enciclopedias Salvat o escondido detrás de Tiempos modernos, ese libraco de Paul Johnson que en mi cabeza infantil parecía un mamotreto interminable.

Trato de buscar más información sobre estos diccionarios y no es fácil. Google sólo me lleva a páginas de venta de antigüedades y libros raros. En Ebay alguien vende su Lilliput francés-inglés por 170 libras esterlinas. No me interesa desprenderme del mío.

Leo que Langenscheidt es una editorial alemana especializada en obras de referencia lingüística y diccionarios monolingües y bilingües. “No somos sólo mediadores del lenguaje. Sino de lenguaje, conocimiento y significado. Así es como acercamos a las personas y las culturas”, dice en su sitio web. Después hablan de sus libros como “pequeños L”, aunque no todos son del tamaño del Lilliput. Curioso.

Según el libro Miniature Books, de Louis E. Bondy, Langenscheidt no es pionero en este rubro de libros minúsculos; ya en las décadas de 1920 y 1930 existián colecciones que también se inspiraron en la nación insular ficticia creada por Jonathan Swift. Pero Langenscheidt sí merece el reconocimiento por revivir este formato de diccionarios pequeños en la década de 1960:

“Encuadernados en piel sintética carmesí flexible, los volúmenes miden 2 por 1 pulgada y media. Como lugares de publicación, tanto Berlín como Múnich se mencionan en el reverso de los títulos, mientras que en algunas de las ediciones, la propia portada solo menciona Berlín-Schoneberg como lugar de publicación”.

El ejemplar que tengo es de los últimos: “Berlín-Schoneberg”. Está sucio y deforme. La encuadernación mantiene su textura, pero el lomo interior está deforme, doblado, encorvado por la edad. La hoja ha adquirido ese tono sepia, café, de los libros viejos. Al abrirlo noto que alguien escribió “233904”. ¿Un número de teléfono? Y en la primera página, con caligrafía de niño o niña, el nombre “Gloria”. ¿Habrá sido por la hermana de mi papá que vivió y murió en España?

Es difícil, creo, precisar el origen de una biblioteca. Yo empecé la mía con una repisa de madera en la casa de mis abuelos. Pero esa colección incipiente se alimentó de la biblioteca familiar, las lecturas escolares, los libros de referencias y títulos a mil pesos que compré en calle San Diego. Así conservé algunos vestigios de una época sin internet, en la que los libros entregaban las respuestas. Como ese tomo de la enciclopedia Salvat que en su mapa del mundo aún exhibe los contornos de una desaparecida Unión Soviética.

El diccionario Lilliput es parte de esos vestigios: el látido —pequeño— de un acerbo bibliográfico que mis papás y mis hermanos comenzaron a construir y del cual yo he extraído algunos de sus más preciados tesoros. Muchos libros quedaron en el camino; las mudanzas y las urgencias fueron implacables en la reducción de esa colección familiar.

Pero el diccionario Lilliput Langenscheidt se mantiene ahí, arriba de mi edición de El señor de los anillos, acostado sobre una selección de cuentos de Edgar Allan Poe o escondido detrás de algún diccionario de mayor volumen que desea opacarlo, sin mucho éxito.

El libro más pequeño del mundo sigue resistiendo el paso del tiempo.

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