Despedir a un perro

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Estoy en sequía lectora.

Leo nació hace casi cinco semanas y el mundo se dislocó y perdió su rutinaria continuidad. Para bien.

La novela que está en mi velador —“Los límites y el mar”, de Esteban Catalán— ya acumuló una fina capa de polvo que no tengo tiempo ni ganas de limpiar. Estoy tentado de dibujar una carita feliz con mi dedo índice.

Antes de escribir este boletín intento traer a mi cabeza los últimos libros que leí. Tarea inútil: el tiempo se ha extendido como un chicle y lo de hace tres días me parece que fue hace un mes. Abro Goodreads para despercudir mi memoria, alterada por la falta de sueño, y veo que fue Catechi, de Cristian Geisse, editado por Montacerdos el 2018.

Soy fan de Geisse. Su cuento “¿Has visto un dios morir?” es uno de mis favoritos. Su narrador es honesto, frontal, de retórica cotidiana. El relato parte con esa afirmación corporal que siempre recuerdo: “Valparaíso es algo sucio. Yo también, por eso me siento cómodo aquí”.

Pero me estoy desviando. Catechi es la historia de un hombre y un perro. O de un hombre perro. O un perro hombre. En estas páginas cuesta separar al amo de su mascota, al humano del can. Esa imprecisión se refleja en la frase insignia de la novela: “El Catechi soy yo. Yo soy el Catechi”.

Las vidas y voces de esta novela confunden al lector e instalan imágenes oníricas, improbables y absurdas. Perros que actúan como humanos, humanos que reaccionan como perros.

Este fragmento me quedó dando vueltas:

Después de muchos años, Catechi se saca los lentes con su pata temblorosa y enjuta, mira a su alrededor y ve el palpitar de la luz de su vela en las paredes de su claustro: he desperdiciado mi vida, dice, y sale a morir al sol. Afortunadamente todo es un sueño y Catechi se despierta sobre el libro de matemáticas con el que pretendía desentrañar el misterio del universo, pero entiende rápidamente que nada de eso es para él, que los números son un lenguaje poderoso, pero incapaz de dar la respuesta que está buscando. Y vuelve a dejar todo de lado, y sale al aire libre, y vuelve a respirar, justo a tiempo.

Hago zoom en una frase: “Catechi se saca los lentes con su pata temblorosa y enjuta”. Cuando leí eso intenté visualizar al Catechi y esa imagen se fusionó con la de los perros que juegan al poker de Coolidge. En mi cabeza dibujé al Catechi elegante de punta a rabo —¿de pies a cabeza?—, rodeado de humo de cigarro, consultando su reloj de saboneta mientras se apoya en un bastón.

La obra de Geisse tiene algo de viaje cósmico y alucinógeno. De la nada invoca la mente humana, la evolución canina, el diablo y La Divina Comedia, para después escribir: “El perro fue creado hace milenios para extender la vida, para entender la muerte humana. O su transformación. Un perro es, en el fondo, un hechizo”.

Hace muchos años tuve un perro y viví ese hechizo. Un poodle blanco que se llamaba Jack. Era cascarrabias, dormilón y bueno para orinar a los pies de mi cama; era su venganza silenciosa cuando se me olvidaba sacarlo a pasear. Estuvo con mi familia durante 13 años. En su último lustro de vida lo atacaron los tumores y de a poco envejeció y se apagó.

El día que murió yo tenía 20 o 21 años y lloré desconsoladamente. Algo de mí se había esfumado.

Recordé a Jack y a esa pena desoladora gracias a Catechi. Creo que Geisse puso en palabras lo que sentí con la muerte de mi perro y que nunca pude verbalizar:

Yo morí junto con su cuerpo. Sé que somos indestructibles y que, en el fondo, su partida es solo una ilusión. De todas formas, lo voy a extrañar tanto, como un pedazo de mí que salió a fugarse por el campo. Disfruté todo el proceso y viví nuestra aventura con pasión. Estuve en su mente y en su espíritu el último tramo del trayecto. Estoy seguro de que nunca supo mi nombre, pero sin duda supo quién soy yo. Doy gracias por su hermoso amor. Su nombre tiene un claro significado para mí.

Porque sí, probablemente mi perro nunca supo cómo me llamé ni qué estudié ni qué cosas pensé sobre el mundo, la vida, la muerte y las novelas de Jack Reacher. Pero supo —a su manera— quién soy yo, quizás de formas que ningún ser humano jamás podrá saber.

Hoy esas lágrimas adquieren otro sentido y siento que puedo despedir a mi perro sin el dolor del pasado.

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