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Carta desde la nueva escuela…

por Libros y Bibliotecas
Jazmín Infante Campos (*)

Fue sumamente complejo iniciar el proceso de enseñanza aprendizaje en confinamiento,  en marzo solo alcanzamos a estar dos semanas en clases, en ese escaso tiempo muchos cursos no lograron crear el indispensable vínculo entre profesor y alumno.

Luego, con la pandemia en curso, se presentaron otros desafíos para los docentes, como acompañar a la distancia a muchos niños que enfrentaron la pérdida de familiares directos. O que tienen angustia por no saber o no entender lo que está pasando; es una experiencia difícil, traumática. Pero aprendimos también que este acompañamiento es una oportunidad para generar otras dinámicas: como aprender a convivir, a ser resilientes y enfrentar las dificultades.

¿Hemos tenido miedo? Claro que sí, miedo e incertidumbre. Temor a la enfermedad e incertidumbre por el proceso de transformación educativa que experimentamos. Este es un cambio radical en la práctica docente. Hasta ahora la costumbre es que el profesor explica en la sala a 40 niños y luego evalúa, tan simple como “seguro”.

Se cae el escenario habitual de educación, nos vemos enfrentados a una educación en línea, a través de pantallas,  los profesores y profesoras tuvimos que adecuar nuestras habilidades apuntando al momento actual. Uno en donde hay que recuperar la mirada sobre la persona del estudiante, situada en un contexto de emergencia, bajo amenaza, con necesidades no visibilizadas. Por las pantallas entramos a las casas de nuestros estudiantes, a sus hogares y compartimos con sus familias y hasta con las mascotas. Querámoslo o no debemos empatizar con ese nuevo medio de trabajo, para ellos y para nosotros, las obligaciones académicas y las prioridades cambian.

Es cierto, no podemos hacernos cargo de todo y aspirar a resolver las múltiples necesidades de nuestros alumnos con esta distancia de por medio. Pero si es fundamental acompañar, llamar a cada niño que se ausenta de las conexiones; averiguar que les pasa, indagar sus dificultades, ir en su búsqueda. No podemos permitir que esta circunstancia los obligue a salir del sistema, esa es una labor que por compromiso adquirido  y vocación con nuestros estudiantes debemos cumplir… sin abandonarles.

Chile es un país tremendamente desigual, parece evidente,  pero el Ministerio de Educación aún no lo entiende. Esta pandemia dejó en evidencia las mayores fragilidades del sistema,  sus muchas deficiencias e inequidades. Desde las realidades sociales y las falencias de los sistemas educativos locales, pasando por servicios de banda ancha con escasa cobertura y calidad de servicios; o por falta la disposición de  aparatos de computación  necesarias para la educación en línea; o la constatación que no todos cuentan con un entorno y apoyo necesarios para enfocarse en el aprendizaje; hasta las dificultades encontradas en las administraciones para alinear los recursos de enseñanza con las necesidades urgentes.

Por las pantallas entramos a las casas de nuestros estudiantes, a sus hogares y compartimos con sus familias y hasta con las mascotas. Queramoslo o no debemos empatizar con ese nuevo medio de trabajo, para ellos y para nosotros, las obligaciones académicas y las prioridades cambian.

Otra expresión de desigualdad es que los establecimientos, padres y apoderados y estudiantes de colegios  con más recursos consiguieron sortear rápidamente estas dificultades. Ni para ellos ni sus familias fue tema que las escuelas se cerraran, tienen muchas más alternativas para sortear esta crisis. Pero las familias desfavorecidas, se quedaron sin nada, sin educación, sin el desayuno y el almuerzo que sus escuelas les brindaban.

Desde la escuela, desde mi casa y las casas de todos los alumnos y alumnas, que son ahora nuestra sala de clases; quiero mirar la pandemia como una oportunidad para mejorar la práctica docente. Quizás sea la oportunidad de explorar, de ampliar horizontes, trabajar habilidades socio-emocionales, estimular el pensamiento crítico a partir de la presión del momento, abrirnos a un periodo nuevo, al siglo XXI.

La educación cambió y estos cambios vienen para quedarse…

(*) Profesora. Diplomada en Gestión Bibliotecaria UC

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