Algunas preguntas a Martín Kohan

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Esta semana fui al baúl de los recuerdos y desempolvé —metafóricamente— una entrevista que grabé en 2017 con el escritor argentino Martín Kohan durante un brevísimo paso por Chile.

Fue a fines de julio, pleno invierno en Santiago, una mañana que debía haber sido fría pero que nos obsequió un sol espléndido. Yo me puse mis mejores pilchas: jeans negros, zapatillas, polerón burdeo y una polera de Led Zeppelin que luego desapareció de mi clóset.

Grabamos en una plaza, sentados en una banca, como si Kohan y yo nos conociéramos de toda la vida, cuando la realidad era que habíamos intercambiado un par de correos para coordinar el encuentro.

La entrevista fue parte de la tercera temporada de televisión de Ojo en Tinta y en Youtube puedes ver el resultado: unos siete minutos de literatura en vivo.

Porque Kohan “es” la literatura. Al menos la que a él le gusta. Y la que a mí también me gusta. Kohan respira, se inyecta, come, bebe, regurgita, mastica y deglute literatura, y luego la procesa y transmite como un evangelizador que sonríe escasamente, pero persuade con labia y locuacidad.

Siempre pensé que el resultado para televisión no le hacía justicia a la conversación completa, por lo que quise rescatar un par de preguntas y respuestas de ese momento.

La entrevista giró en torno a Fuera de lugar (Anagrama, 2016), una novela incómoda, durísima. Un grupo de personas se dedica a fotografiar niños desnudos para vender las imágenes en el mercado negro. La narración, los personajes y sus atmósferas son serenas, indiferentes, a veces inexpresivas. Kohan tensiona distintos frentes: el analógico, el digital, el del consumo, el de lo cerca, el de lo lejos.

Y siempre, en cada página, el aroma de la desestabilización, el hedor de lo perturbador.

De eso conversamos, de cómo escribir así. Acá van dos preguntas con grandes respuestas. Quizás más adelante publique el resto. No sé, cuéntame qué te parece.

Martín Kohan: “A veces lo que nos perturba es que un personaje permanezca impasible o un narrador permanezca impasible”

 

Se ha dicho sobre Fuera de lugar que podría ser una novela policial o una novela de denuncia, porque tú comienzas hablando de un grupo de personas que fotografían a niños desnudos y sienten que no están haciendo nada malo en eso. ¿Cómo la ves tú? ¿Cómo sientes que tiene que ser descrita esta novela?

Es difícil para mí dar una respuesta porque eso supondría un autor indicando una lectura correcta. Y yo creo que los autores no tienen por qué indicar una lectura correcta. Por lo tanto, lo que yo pueda decir es un parecer más entre esos otros pareceres y que yo pueda estar de acuerdo con unos o en desacuerdo con otros, no indica nada, excepto una opinión personal. No creo que los autores tengamos jurisdicción sobre las lecturas ni jurisdicción de interpretación sobre las lecturas.

Sólo diría una cosa. Yo creo que la idea de denuncia supone una certeza y generalmente las denuncias son denuncias sobre algo que ya sabemos, sobre algo que ya pensamos. La denuncia en cierto modo funciona como una ratificación. No imagino a alguien que tenga una opinión determinada sobre —para el caso— cuestiones de pedofilia y a partir de la novela comprenda que eso está mal, por ejemplo.

La denuncia la asocio con la certeza, con las ideas cerradas. Y yo escribí la novela al menos con la intención, y creo que funciona, de desestabilizar certezas, de incomodar certezas. No hay una certeza contraria, no hay una apología de ninguna cosa, pero sí trabajar sobre las certezas y desestabilizarlas. La idea de denuncia me parece que sería un poco reductiva; más bien hay una evidencia, que es un grupo de personajes que hacen cosas que no pueden sino parecernos muy mal… pero la distribución del bien y el mal y la responsabilidad y los remordimientos está corrida de lugar en la narración, de manera que más que ratificar una idea previa, mi propósito, al menos, ha sido la descolocación, la perturbación, incomodar a la lectura.

Algo súper atractivo en tu escritura, casi hipnotizante, es que logras desplegar un gran abanico, un repertorio, para describir lo que estas personas hacen, por ejemplo. O logras situar lo aberrante en lo cotidiano. Cuando tú escribes, ¿qué fue lo más difícil para no caer en un tono muy explícito o muy obvio?

Es exactamente lo que estás definiendo. Lo más exigente o aquello que requirió más concentración, prestar más atención y entrar más cuidadosamente en un registro de lenguaje, fue cuidar justamente el tono. Porque yo creo que en verdad lo que puede haber de perturbador o lo que busqué que perturbara en Fuera de lugar no es solamente ciertas cosas que pueden narrarse en la novela, el modo en que le toman fotografías a los niños, sino el tono impasible con que está narrado. Me parece que es eso lo perturbador.

Por eso también tenía alguna vacilación o alguna discrepancia con la idea de novela de denuncia. Porque en un punto creo que sería, en definitiva, muy tranquilizador para el lector, incluso contando hechos más aberrantes, no importa lo aberrante que se cuente, si el tono de enunciación es de alguna manera reparador, o sea, si hay ahí un narrador diciendo esto está muy mal, si hay ahí una moraleja restableciendo el orden de lo bueno y de lo malo, no importa lo aberrante que se narra, finalmente el lector se ve tranquilizado.

Mientras que narrar cualquier situación —para el caso, esta situación— en las que los personajes hacen cosas que son claramente, digamos, repudiables para el lector, sin sentirse responsables, sin sentir remordimientos, sin sentirse culpables, sin asumir una inmoralidad ni reivindicarla, sino al contrario, como bien decís, instalando eso en una normalidad por la cual ellos no consideran verdaderamente estar haciendo nada malo, la clave ahí es cuidar el tono de la narración. Porque si el narrador comienza o se filtrara en algún momento algún juicio de valor sobre lo que se está narrando o algún tipo de condena sobre lo que se está narrando, eso llevaría al lector a un lugar finalmente confortable, sea lo que sea que se narra. Es decir, va, por fin, ya sabemos, esto está mal.

Cuidar el tono para que el narrador, digamos, no le ofrezca un lugar de tranquilidad al lector, sino que presente los hechos de manera tal que el lector quede descolocado. Yo sí he marcado que para mí el título de Fuera de lugar designa muchas cosas en la novela. Una de ellas es la descolocación del lector, que no encuentra exactamente el lugar desde dónde abordar esto que está mal, que tiene que ver con la perversión, que tiene que ver con lo deplorable, y al mismo tiempo no hay un lugar donde alguien diga «sí, esto está mal; sí, esto es deplorable». Y eso exigió en la escritura eso que vos dijiste: cuidar un tono que fuera perturbador por lo impasible. Porque a veces lo que nos perturba es que un personaje permanezca impasible o un narrador permanezca impasible.

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